Rodrigo de Castro


A fines de la década del sesenta, quien escribe, descubrió el mundo deslumbrante de Rayuela, una de las obras mayores de la literatura latinoamericana. Se produjo el descubrimiento de tres libros en uno; de tres núcleos de un mismo y desasosegado transcurso vital. Uno en Paris, otra en Buenos Aires, otro propuesto como un collage entretejido de manera casi constante con el absurdo. El autor, ... Julio Cortázar, proponía diferentes maneras de leer dicha novela, maneras que terminan siendo consecuentes guiones narrativos. Uno, siguiendo el orden convencional de los capítulos. Otro, siguiendo un itinerario que el autor plantea al principio y que salta, contra todo criterio lógico, por capítulos no consecutivos. Y otro, pidiendo que el lector cree su propio itinerario. El juego cortazariano establece vínculos inesperados con las pinturas recientes de Rodrigo de Castro. Los vínculos surgen a la hora de pretender “leer” las imágenes, de abrir posibles criterios interpretativos, de formular posibles historias. Por cierto, orquestando una puesta en escena de climas muy diferentes a los que abre la novela. Mantiene con ella, la cercanía de poder establecer un recorrido convencional o un tránsito arbitrario, de vincular instancias o permitir permutaciones muy abiertas. Pero, comenzando a analizan esas vías interpretativas, surgen las distancias recién mencionadas. La novela presenta un mundo azaroso, oscilante entre la resignación de cualquier esperanza y los acuciantes fracasos. Un mundo donde los personajes viven una lucha asordinada para construir distintas maneras de llegar, como en el juego que le da nombre, a los anhelados y presuntos cielos. Las personitas que habitan en las pinturas gestadas por Rodrigo de Castro, parecen haber encontrado pequeños y casi triviales paraísos cotidianos. Lo que en la novela es la ardua espesura del desencanto, de una existencia ingobernable, en las pinturas es el encanto de las cosas sencillas, primordiales. Compartimento tras compartimento, con total independencia del recorrido elegido, las personitas anónimas trajinan con displicencia, sin el acoso de la angustia, disfrutando plenamente el hecho natural de vivir, de sentirse vivos. Si, de tanto en tanto, elusivo, casi inapresable, surge la presencia de un poético absurdo, esta intromisión se produce con una naturalidad asombrosa. Un dinosaurio puede aparecer reiteradamente con una sensación de empeñosa búsqueda, ante la indiferencia de bailarinas o jóvenes gimnastas que saltan en impulsos casi acrobáticos o revolean ingrávidamente larguísimas cintas. Algo que no se sabe muy bien si es un dirigible o un fantástico pez. Sin línea del horizonte visible, las escaleras parecen llegar a un cielo donde sobrevuelan corazones distraídos e inconstantes símbolos hippies. Las ventanitas, los cuadritos que se suceden, ofrecen, como se dijo, en registros aleatorios, historias que el espectador deberá armar como en un puzle de interrelaciones lúdicas. Las pequeñas historias, a veces, se van definiendo a través de varios cuadritos. Otras veces, se define con la totalidad de cuadraditos que integran la tela. Y otras, alcanza el escenario que establece un solo compartimento. Las personitas no intentan coordinar una puesta en escena compartida, participar en la historia como un elenco. Con un ensimismamiento ingenuo, cada uno de ellos vive su peripecia insólita o trivial. Tres personitas cargan una tabla de surf, otros trepan escaleras convencionales o no tanto. Atraviesan el compartimento en grandes jettés balletísticos, descansan, caminan o simplemente parecen esperar la posibilidad del renovado milagro cotidiano. Para quien escribe resulta esencial analizar ciertos rasgos que ofrece el modo narrativo construido por Rodrigo de Castro, Buscando definir su singularidad autoral, tomando distancia en forma decidida respecto a la semántica que manejara su maestro Ignacio Iturria. La posible influencia solo se manifiesta como una lejana remanencia. En la medida que la identidad creativa se consolida, parece germinar de manera proporcional la riqueza de un talento personal, logrando una riqueza expresiva de acentos poéticos despojadamente liricos, de una pudorosa exaltación vital. Logra impregnar cada tela de un entusiasmo hacedor prodigioso. Así, instrumenta puestas en escena confiadas en dos colores protagónicos; mejor dicho en un valor, el negro, y sutiles variantes tonales del marrón, ya sea en derivaciones que multiplican ocres, sienas, tierras, o un delicado matiz ferroso. En base a ese equilibrio cromático se acentúa la cálida aspereza que traspasa el encadenado de las pequeñas historias. En ocasiones una forma, figura geométrica o signo, se ornan con toques de turquesa o con un delicadísimo rosado. En algunas pinturas, la estructura en cuadritos, deja lugar a una acumulación que parece arbitraria pero es hábilmente instaurada, casi al borde de la saturación, donde proliferan pequeñas multitudes de signos y objetos simbólicos. Alfredo Torres

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Cod: 33-27.

Título/Title: titulo de la obra.
Tamaño/Size: 180 x 120 cm.

Técnica/Tecnic: Acrílico sobre tela.
Año/Year: 2016.

Cod: 33-29.

Título/Title: titulo de la obra.
Tamaño/Size: 200 x 150 cm.

Técnica/Tecnic: Acrílico sobre tela.
Año/Year: 2016.